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  • Foto del escritorAndrés Murguía

Sobre la existencia de Dios

Pensando en la existencia de Dios, no llegué a ninguna conclusión acerca de la existencia de Dios, pero sí a algunos acerca de los seres humanos y nuestras similitudes y naturaleza.



Pensaba, por ejemplo, en cómo una persona podría con seguridad afirmar la existencia de Dios. Con certeza. Mi cabeza me dice que nadie podría, pues nadie guarda una verdad universal en su bolsa; lo único que tenemos todos, y que compartimos, es la oportunidad de creer en algo. Cualquier cosa que cada uno decida creer, pero una creencia al fin.


Indudablemente, esa creencia que cada uno tenga tendrá un impacto en su vida. Si bien al universo le tienen sin cuidado nuestras opiniones, aquello que creemos sí tiene una incidencia. No en el universo, no en los demás, sino en nosotros y en nuestra experiencia del mundo. Eso también lo compartimos todos los seres humanos.


Sobre la existencia de Dios podremos tener nuestras opiniones, y nuestros sentimientos, y finalmente nuestras conclusiones. Esto con independencia del Dios en el que creamos. Se aplica indiscriminadamente a todas las religiones del mundo.


Algo que siempre me ha causado ruido cuando escucho a cualquier persona proclamar su fe como verdadera, es la repercusión inevitable que esa afirmación conlleva: la misma proclamación, en negativo, de todas las demás religiones.


Y es curioso, pero la mayoría de las veces, ese tipo de afirmaciones se hacen sin pleno conocimiento de lo que se niega.


Ahora, con conocimiento de que esto sucede, me pregunto si tiene alguna relevancia. En mi vida he podido conocer personas que profesan distintas religiones (aunque predominantemente el catolicismo). Pero aun dentro del nicho que es la religión católica en el menú de las religiones del mundo, he encontrado que cada persona experimenta a Dios de una manera particular, de acuerdo con su experiencia, educación, y demás circunstancias de su vida.


He conocido a quien experimenta a su Dios como un juez, castigador, vigilante, ante quien hay que sentir culpa y vergüenza. También a quienes lo viven como un padre amoroso, y como una fuente de autoestima, autoconfianza y amor. Otros lo experimentan como un amigo y compañero de vida, bromista, alegre y cómplice, entre muchos otros matices que pueden existir entre estas versiones y miles más.


Cada una de estas personas le reza a su propio Dios. Tal como una persona que profesa cualquier otra religión. En muchos casos, creo que la experiencia religiosa de una persona se podría asemejar en mayor medida a la de otra persona con una religión distinta que a la de algunas personas que compartan su misma religión.


En todo caso, la conclusión es que la experiencia de Dios es una experiencia individual y única. Tal como lo son todas las experiencias habidas y por haber.


Podemos pasar toda una vida describiendo hasta el más mínimo detalle de nuestra experiencia, sea religiosa o cualquier otra - puede ser el gusto por nuestra comida favorita -, pero nadie nunca va a experimentar nuestras propias experiencias. Nadie experimenta en cabeza ajena, dice la frase.


Y lejos de ser desalentador, pensaba, es algo que nos une más que cualquier otra cosa. Porque esa realidad la compartimos todos los seres humanos. Nadie está exento. A donde sea que volteemos a ver podemos tener una cosa por seguro, toda persona que veamos se enfrenta a esta misma realidad: estamos solos, pero en eso de estar solos, estamos juntos.

A donde sea que voltees y a quien sea que veas, se trata de un ser humano que, al igual que tú, se encuentra en esta vida sin saber más de lo que tú sabías al nacer. Es una persona que se vio enfrentada ante las mismas preguntas que tú: ¿quién soy? ¿A dónde voy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hago? ¿Cómo se juega esto de la vida? Aun si es una persona que nunca se haya enunciado esas preguntas - y muchas otras - tal como tú lo has hecho.


Todavía más, también podemos saber que esa misma persona, como nosotros, tiene una necesidad de compartir su existencia. Sea con una pareja, con un amigo, con su familia, con desconocidos, con quien sea, pero el hecho es que además de nuestra soledad, también compartimos nuestro deseo de unión, o dicho de otra forma, nuestras ganas de trascender esa soledad. Y esa trascendencia la logramos a través de otras personas. En otras palabras, estando solos, pero juntos.





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